Skip Global Navigation to Main Content
Skip Breadcrumb Navigation
Cartas desde España

Carta 7

Julio de 2010
El embajador Solomont se dirige a los invitados de la fiesta de celebración del Día de la Independencia (foto: Embajada de EE.UU.)

El embajador Solomont se dirige a los invitados de la fiesta de celebración del Día de la Independencia (foto: Embajada de EE.UU.)

¡ESPAÑA HA GANADO EL MUNDIAL! Seguro que la mayoría de vosotros ya lo sabe, pero quiero describiros la escena desde donde lo vivimos. Alan y yo habíamos ido a Pamplona para los Sanfermines. Nos invitaron a ver el partido en una pequeña fiesta en un piso en la Plaza del Castillo. Fuera, en la plaza, se habían congregado miles de personas para ver el partido en una pantalla gigante. Cuando España marcó el gol de la victoria en la prórroga, el júbilo estalló en todas partes. Bajamos a la plaza para unirnos a la celebración. La palabra “éxtasis” no alcanza a definirlo; la gente gritaba, chillaba, lloraba, se abrazaba, cantaba, las banderas ondeaban, la música atronaba, lanzaron fuegos artificiales. ¡Qué escena más increíble! Lo celebramos con nuestros nuevos amigos, bebiendo y bailando toda la noche al son de una banda tradicional española. Todavía resuena en nuestra cabeza la canción “Que viva España”. Ganar el Mundial ha sido algo enorme y estamos encantados de haberlo compartido.

A punto estamos de celebrar nuestros primeros seis meses en España. Han pasado muy deprisa pero por otra parte nos sentimos como si hubiéramos vivido aquí siempre.

En Madrid es verano, lo que significa que hace calor (a menudo llegamos a los 100 grados Fahrenheit) y hace sol casi todos los días. Como en los meses pasados, hemos estado muy ocupados.

Desde mi última carta, he vuelto a Madrid después de recoger a nuestra hija Stephanie tras su primer año en la universidad (Lafayette College). Va a pasar junio y julio con nosotros y se está metiendo de lleno en la vida española. Steph tiene el privilegio de estar trabajando a tiempo parcial en la Embajada durante el verano. Está trabajando en el Departamento de Cultura, Educación y Prensa y le han asignado tareas fantásticas: asistir a actos culturales y de prensa, tomar fotografías y trabajar en la página web de la Embajada para jóvenes. Algunas tareas la están llevando fuera de Madrid y tenemos la suerte de que se le está dando la oportunidad de acompañar al Embajador en alguno de sus viajes. Steph es muy consciente de que es la hija del Embajador. Como siempre quiere ser ella misma, se ha “cambiado el apellido”.

Estos meses han sido muy ajetreados. Además de todo lo que hacemos en Madrid, hemos viajado bastante. A principios de junio, fuimos a Andorra para que Alan presentara sus credenciales como Embajador ante ese pequeño principado enclavado en los Pirineos, entre España y Francia. La jefatura de estado en Andorra está compartida por dos copríncipes: el obispo de Urgel y el presidente francés, Sarkozy. Alan presentó sus credenciales ante el obispo en el palacio episcopal, en la pequeña localidad de la Seo de Urgel, muy cerca de la frontera con Andorra. Aunque la ceremonia carece del esplendor de la presentación de credenciales ante el rey de España, Juan Carlos, también está empapada de tradición y protocolo. Voy a hacer promoción turística de Andorra: es precioso. Imaginaos los pueblecitos de montaña de Colorado rodeados de montañas pintorescas y empinadas. Es el paraíso para los amantes de la nieve y también de los aficionados a las compras (libres de impuestos).

Después, también en junio, viajamos a la Costa Brava, en la costa mediterránea española. Mi hermana, Beth, y mi cuñado, Jeff, estaban de visita y para celebrar el cumpleaños de Beth de una manera muy especial pudimos conseguir una reserva en el restaurante más singular y famoso del mundo, El Bulli. He prometido mantener el secreto sobre cómo la conseguimos, pero es probablemente la más difícil de lograr del mundo. Cenamos allí la noche de la inauguración de la temporada. El Bulli está en Roses, un pueblo a unas dos horas al noreste de Barcelona. Roses se asoma al mar Mediterráneo y la tarde en la que estuvimos allí era preciosa, soleada y cálida. El camino hasta El Bulli es una carreterita muy sinuosa al borde de un precipicio. Las vistas son impresionantes. Está diseñada para pilotos de rallies europeos.

Más importante, ¿cómo es El Bulli? Está situado en la playa de una cala privada en una antigua masía rediseñada con elegancia como restaurante. La decoración es informal, pero muy especial. Nos sirvieron los seis primeros platos, cócteles y aperitivos, en la terraza y pasamos al comedor para los veinte restantes. Esperábamos que la comida fuese fenomenal y lo fue. No voy a describir los veintiséis platos, pero sí dos de mis favoritos. El primer cóctel fue un gin fizz servido en una copa pequeña tipo pilsner y con un capa de espuma de aproximadamente dos centímetros y medio sobre la ginebra. Nos esperábamos una bebida fresca y refrescante, brindamos y bebimos, pero la ginebra fresca atravesaba la capa de espuma templada, creando la sorpresa perfecta. Mi segundo plato favorito fue el de cacahuetes. (¿Acaso no incluye cada comida un plato de cacahuetes?). Muerdes y el relleno de cacahuete y chocolate caliente te invade la boca. Me gustó tanto que pedí repetir y no podía dejar de comerlos. La expresión “se derrite en la boca” se inventó para describir esto.

El creador y chef de El Bulli es el mundialmente conocido Ferrán Adriá. Nos recibió en su cocina inmaculada, elegante y más o menos del tamaño de una casa. En este laboratorio de alta tecnología, 42 profesionales de la cocina trabajan frenéticamente pero en absoluta armonía. Se preparan los platos y se presentan a Ferrán antes de que orqueste su salida de la cocina. Observar la escena fue como contemplar a un gran maestro dirigir una sinfonía. ¡Fue maravilloso! La cena comenzó a las ocho de la tarde y terminó a las dos de la madrugada. Nuestra comida estuvo acompañada de fabulosos vinos y cavas e hicimos fotos de cada plato. Afortunadamente, al Embajador no se le permite conducir y después de esta estupenda comida nos llevaron de vuelta a nuestro hotel en Roses.

A la mañana siguiente, nos despedimos con tristeza de Beth y Jeff, y Alan y yo viajamos a Cadaqués y Figueres. Son pueblos donde vivió y trabajó Salvador Dalí y que consideraba su casa. Recomiendo que los visitéis. En Figueres está el Museo Dalí, que el genial artista donó al pueblo que lo vio nacer. Se considera su obra más importante, Dalí pasó doce años diseñándolo y trabajando en él. Es una obra de arte en sí mismo, a la vez caprichoso y reflexivo, y contiene gran parte de la fenomenal obra del artista. ¡Me encantó!

Continuando nuestros viajes, visitamos Bilbao y Vitoria, dos ciudades del País Vasco, en “visita oficial”. Esto incluyó reuniones con líderes políticos, el presidente regional (lehendakari en euskera), el alcalde y otros responsables gubernamentales. Alan dirigió un coloquio sobre la economía española organizado por la Escuela de Negocios de la Universidad de Deusto y visitamos un fascinante proyecto de arte al aire libre copatrocinado por la Embajada. Era un proyecto para crear un mural dirigido por un artista estadounidense de Chicago que combina la restauración de edificios y el embellecimiento urbano, el desarrollo económico y el servicio comunitario.

Por supuesto, visitamos el Museo Guggenheim Bilbao y el menos famoso pero fabuloso Museo de Bellas Artes de Bilbao. El Guggenheim es extraordinario. El diseño arquitectónico de Frank Gehry es espectacular y se ve fácilmente cómo el museo ha revitalizado la ciudad industrial de Bilbao. El Museo de Bellas Artes está enfrente y es también es buenísimo; muestra obras de artistas vascos fabulosos y actualmente hay una exposición sobre el diseñador de moda Balenciaga, natural del País Vasco.

El País Vasco está a la altura de su fama de paraíso para los amantes de la buena mesa y comimos en algunos de sus mejores restaurantes. Hay tantos que anhelamos volver. También recomendamos encarecidamente los vinos locales, tanto blancos como tintos. No sólo son muy buenos, sino que están a buen precio.

Volver a casa fue un alivio y disfrutamos de un fin de semana tranquilo y de descanso. Nuestras semanas son tan ajetreadas y están tan llenas de actividad que los fines de semana en casa con poco o nada que hacer resultan muy apetecibles. Tenemos la suerte de que la residencia tiene piscina y la disfrutamos enormemente. Cuando hace 38º C y sol, sentarse junto a la piscina, leer libros y el periódico es perfecto. (Bueno, echo mucho de menos el New York Times del domingo, ¡la versión electrónica del Times Digest no es lo mismo!).

No obstante, a veces no hay descanso para los fatigados y justo después del fin de semana salimos de viaje de nuevo. Esta vez fue a Córdoba, ciudad andaluza en la que convivieron judíos, musulmanes y cristianos hace unos diez siglos. Visitamos la Mezquita, construida en el siglo VIII, cuando Córdoba era la capital de la España musulmana. Llegó a ser la tercera mezquita más grande del mundo, pero después de la reconquista cristiana de España, en el siglo XV, los Reyes Católicos construyeron una catedral en su interior. Es impresionante.

Desde allí fuimos paseando por las calles de la antigua judería, con sus intrincadas callejuelas decoradas con preciosas flores y macetas. Hasta una calle se llama “de las flores”. El gran filósofo y médico judío Maimónides era de Córdoba y hay una maravillosa estatua de él en la judería. La ciudad de Córdoba es como un libro de historia de España.

Al día siguiente visitamos una granja donde se crían cerdos para obtener el saludable jamón ibérico de bellota del que tal vez habéis oído hablar. Si no es así, esto es lo que tenéis que saber: el jamón ibérico de bellota es un jamón curado delicioso y saludable, rico en omega 3. Omnipresente en España, pronto será exportado a Estados Unidos por la granja que visitamos y vendido en tiendas selectas como Dean and Deluca o Whole Foods (entre otras). La granja es parte de COVAP, cooperativa de 15 000 agricultores que crían vacas lecheras y otro ganado vacuno, ovejas y preciosos cerditos negros. Los cerdos se crían “en libertad” y pastan en dehesas hasta que llega el momento del engorde. Entonces, durante tres meses se alimentan exclusivamente de bellotas y pasan de 80 a 140 kilos. Se crían con cuidado y cariño y son adorables, pero su destino es convertirse en delicioso jamón ibérico de bellota, que además es saludable. Nuestros anfitriones en COVAP nos trataron como a reyes y creo que se podría afirmar que “comimos como cerdos”.

Esa noche volvimos a Madrid en el tren de alta velocidad. El sistema ferroviario en España es increíble y un viaje de 3 ó 4 horas en coche se convierte en un fácil y rápido viaje en tren en la mitad del tiempo. Nos encanta el tren y esperamos que algún día sea posible viajar de este modo en Estados Unidos. ¡Nuestro amigo Nate Turnbull, en el Departamento de Transportes, está trabajando para que así sea!

En cartas anteriores he mencionado lo maravillosos que son los empleados de la Embajada. La Embajada de Estados Unidos en Madrid tiene un equipo fabuloso de funcionarios del Servicio Exterior y empleados locales. Los empleados locales son la columna vertebral de la Embajada. Para muchos de ellos es una labor que les proporciona grandes satisfacciones y trabajan durante muchos años en la Embajada. Los funcionarios del Servicio Exterior forman parte del cuerpo diplomático de nuestro país y son enviados a embajadas en todo el mundo para estancias de entre dos y cuatro años. Por tanto, cada verano se marcha una buena parte de la gente y estamos despidiéndonos de muchos compañeros de gran talento que trasladan a otros destinos. No estoy segura de que vaya a acostumbrarme alguna vez a esta parte de la vida de la Embajada. Justo cuando empiezas a hacer amigos, se tienen que marchar. Afortunadamente, a muchos les queda todavía tiempo aquí y pronto recibiremos a nuevos compañeros. Y también tenemos a la fabulosa plantilla local permanente.

Nuestra hija mayor, Becca, llegó a finales de junio y pasó diez días con nosotros. Contar con Becca entre nosotros hace que la familia se sienta completa. Lamentablemente, volvió a Estados Unidos la semana pasada, después de diez maravillosos días.

El último tema de esta carta es el 4 de julio. Las embajadas de todos los países del mundo celebran sus fiestas nacionales en sus países anfitriones. Hemos asistido a algunas de estas celebraciones, pero ninguna es comparable con la celebración del 4 de julio en la Embajada de Estados Unidos. Tuvimos nuestra primera celebración de este tipo el pasado 30 de junio y ¡qué fiesta! Se planifica durante meses, bajo la dirección de un comité de la Embajada, pero con la participación de todo el colectivo. Nuestro jardín se decoró en rojo, blanco y azul. Vinieron casi dos mil invitados y una banda española de rock ‘n roll (Los Hobbies) tocó canciones clásicas de rock ‘n roll tanto en español como en inglés. Se ofreció nuestra comida de Estados Unidos favorita —perritos calientes, hamburguesas, bocadillos de bogavante, helado, etc.— y, para todos aquellos a los que os interesa saber cómo gastamos el dinero del contribuyente, casi todo lo donan empresas estadounidenses con actividades en España. Imaginaos: Alan y yo al pie de la escalera que conduce a la entrada de nuestra casa con el Ministro Consejero, Arnold Chacón, y su esposa, Alida, recibimos y damos la mano a los 2 000 invitados. Los marines presentan la bandera, acompañados de militares españoles, y una capitán de nuestro ejército con una voz preciosa canta nuestro himno nacional a cappella. Alan pronuncia unas palabras —LA MITAD en español (sí, ha llegado tan lejos)— y luego empieza la fiesta. La banda de rock ‘n roll toca hasta muy pasada la medianoche (temprano en Madrid), mientras bailamos y celebramos. Muchos nos han dicho que ha sido la mejor fiesta del 4 de julio y, definitivamente, fue la primera en la que el Embajador bailó. ¡Me sentí muy orgullosa!

Tal como he explicado en mis cartas anteriores, la gente en España es increíblemente cálida, amable y entrañable. Y les encantan nuestro país y nuestro presidente. Lo oímos por todas partes y sentimos claramente el afecto por nuestro país. Celebrar el 4 de julio con una multitud de 2 000 personas, entre ellas altos cargos gubernamentales y vigilantes de seguridad, consejeros delegados y líderes culturales españoles, nuevos amigos y personal de la Embajada, fue una buena manera de recordar lo respetados que podemos ser como país.

En nombre de Alan y en el mío, nos sentimos privilegiados por estar aquí y servir a nuestro país.

Feliz 4 de julio a todos y feliz 234 aniversario a Estados Unidos.

Con abrazos y cariño,

Susan